
Como si de una competición deportiva se tratarase, cuando
Cristóbal Colón llegó (¿descubrió?) a América aquel 12 de octubre de 1492 tan sólo habría obtenido la medalla de bronce (o ni siquiera eso…), ya que los
vikingos y muy posiblemente los chinos ya habían llegado a la meta un poco antes.

Mis queridos vikingos tendrían la
medalla de oro, alrededor del año 1000 (¡500 años antes que Colón!) a bordo de sus increíbles
drakar cruzaron el Atlántico Norte y alcanzaron Islandia y Groenlandia, desde donde pronto llegaron a la costa de Terranova.

Fue
Leif Erikson, hijo del famoso
Erik Thorvaldsson (Erik el Rojo), el que culminó el camino iniciado por su padre. Desde Groenlandia su grupo atravesó la bahía Baffin y llegando a una costa rocosa que llamaron Helluland, actualmente la isla Baffin. Luego navegaron hacia el sur, y encontraron una bahía, donde esperaron a que la marea alta los llevara a tierra.

En las verdes praderas de lo que hoy es
L''Anse aux Meadows (Canadá), establecieron un asentamiento vikingo y llamaron a aquella tierra
Vinland, la “tierra del vino”, por sus extremadamente fértiles tierras que incluso tenían grandes cepas de uvas silvestres.

Dos fuentes relatan cómo se produjo el descubrimiento de Vinland: la Saga de los Groenlandeses (escrita hacia el año 1200), que narra los avatares de un comerciante escandinavo, Bjarni Herjólfsson, en su intento de alcanzar las costas de Groenlandia; y la
Saga de Eric el Rojo (primeras décadas del siglo XIII).
L''Anse aux Meadows, en el extremo norte de la isla de Terranova, en Canadá, es el lugar que los arqueólogos señalan como el primer y único
asentamiento vikingo auténtico en América del Norte, las ruinas de ocho casas y talleres así lo corroboran. Las construcciones eran similares a las casas de Islandia, con techos, de madera que luego cubrían con hierba. Los análisis carbono demostraron que databan de entre 980 y 1020, la época de las expediciones de Ericson.

Entre los ochocientos objetos que encontraron los arqueólogos también había lámparas de aceite, jabón, agujas de hueso y clavos de hierro. Algunas de las construcciones más pequeñas funcionaban como talleres de carpintería. El hallazgo de la nuez de un huso demostró que se hacían trabajos de tejido. Como los vikingos consideraban que ése era un trabajo femenino, se estima que en algunas de las expediciones deben de haber participado mujeres.

Años más tarde China se adjudicó la
medalla de plata, gracias al almirante
Zheng He, éste zarpó de China en 1421 con la flota más grande que habían visto los tiempos: 107 juncos, algunos de casi 150 metros de eslora, para a devolver a sus países a los dignatarios que habían ido a rendir homenaje al emperador Zhu Di y recaudar tributos de los "bárbaros" a lo largo y ancho de los mares.

Esta flota visitó las costas americanas 70 años antes que Colón, descubrió Australia 350 años antes que Cook y circunnavegaron el globo cien años antes que Magallanes. A su regreso en 1423, la flota se encontró con que el emperador había sido derrocado y se regresaba al aislacionismo tradicional. Los resultados del épico viaje fueron condenados al olvido.

Esta teoría de la llegada de China a América ha sido recogida por el escritor
Gavin Menzies en su libro 1421: El año que China descubrió América, según el autor “No hay dudas de que la flota de Zheng-He llegó a las costas del Atlántico y del Pacífico de América del Norte y América del Sur”.

Debido al enorme poder naval chino en el siglo XV, China tenía las mayores flotas marítimas del mundo, y sólo los chinos pudieron haber realizado los viajes que permitieron cartografiar los mapas que posteriormente luego condujeron a los exploradores europeos al Nuevo mundo.

Datos históricos muestran que el mayor barco de madera de la flota de Zheng medía 130 metros de largo y 60 de ancho, y que poseía nueve mástiles con velas y una tripulación de al menos 500 hombres. Es decir, cuatro veces mayor que el principal barco de Colón, la “Santa María”.
Y nuestro amigo Cristóbal Colón debería ser la
medalla de bronce, ¿no? Pues parece que se nos cae del pódium hasta el cuarto puesto, ya que posiblemente su viaje se basó en mapas y relatos de algunos marineros que llegaron arrastrados por alguna tormenta hasta tierras americanas.
Posiblemente fuera
Alonso Sánchez de Huelva, conocido como el “prenauta” el que transmitió el secreto a Colón. El navío de Alonso Sánchez sorprendido por una tormenta, acabó tras varias semanas a la deriva en una extraña isla, donde fueron acogidos por los indígenas.
Pasaron algún tiempo en la isla y tras reparar la embarcación emprendieron el viaje de vuelta, arribando moribundos y desesperados a la isla de Porto Santo, donde “casualmente” Cristóbal Colón se encontraba. Un punto a favor de esta teoría lo encontramos en las
Capitulaciones de Santa Fe, firmadas por los Reyes Católicos y que ya hablaban de tierras “descubiertas”.

No obstante, el amigo tuvo los arrestos para hacerse al oscuro y profundo océano más allá del mundo conocido para llegar a las lejanas tierras del este.